Clint Eastwood: viejo cowboy y excelente narrador de historias

October 28, 2009 - 3:21 pm No Comments

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Por:  Juan Manuel Zuluaga Robledo

Existen artistas tan grandes y geniales que al detallar sus obras siempre te aportan sosiego, te despiertan admiración cuando observas lo peculiar y sui generis de sus creaciones. De pronto, en ciertos momentos, crees que son inmortales y que nunca morirán. Cuando su talento es amplio e inconmensurable, cuando sus exploraciones te llevan a lugares recónditos que nunca te habías atrevido a explorar, descubres a un artista que década tras década no se ha cansado de producir arte. No son producto del azar y del esnobismo. Son artistas en el buen sentido de la palabra.

Entonces piensas que nunca morirán. Cavilas de repente lo siguiente: sus cuerpos y mentes seguirán produciendo ideas que te llevan al cielo, sus ímpetus creativos no se extinguirán y sus vidas serán favorecidas con la inmortalidad. Pero esta realidad es obvia: morirán como cualquier mortal y sus ideas quedarán, su legado seguirá siendo explorado por las siguientes generaciones y cuando los humanos emigremos a otros planetas llevaremos su obra comprimida en dispositivos informáticos, igual de indispensables a víveres y alimentos. Eso me pasa con un señor llamado Clint Eastwood, símbolo de la cultura estadounidense durante más de cuarenta años, desde su primera aparición como un cowboy desconocido en esa grandiosa película –uno de los primeros espaguetis westerns- dirigida por Sergio Leone que lleva por título “Por un puñado de dólares”.

Con Eastwood siempre tengo una cita fija en el cinema, cada cierto tiempo –que no pasa de dos años- cuando saca a la luz pública una nueva joya cinematográfica. Siempre le cumplo, como si esperara cada 365 días, a un viejo amigo en una terminal aérea, portando en la mano derecha, un pocillo rebosante de delicioso café y entonces conversamos como viejos amigos.

Escuché de él por primera vez, cuando Marty McFly (interpretado por Michael J Fox ) adoptó su nombre en medio de un oeste americano colmado de vaqueros forajidos que no entendían al doctor Emmett Brown y su De Lorean –hermoso carro volador– aquel icono del séptimo arte inventado por Steven Spielberg y Robert Zemeckis en la trilogía de Volver al Futuro. Aún recuerdo esa línea:

– ¿Cuál es su nombre? –Indagó la mujer.
– Clint Eastwood –Repuso Marty McFly.

A mi mente de 9 años nunca se le olvidó ese nombre. Luego lo comencé a ver en su racha ganadora de los 90, luego del éxito avasallador de Los Imperdonables. Pero al verlo actuar, en ese entonces lo veía como un viejo decrépito que no aceptaba que sus tiempos de Harry el sucio habían llegado a días de buen retiro. Perseguir delincuentes y mafiosos ya no le quedaba bien en sus ‘thrillers’ policíacos; lo veía anciano, solo, deprimido, demacrado, sin familia, de mal humor y siempre con una verborrea de cantaleta desprendiéndose de su boca. Yo creo que lo veía así porque mi alma de niño aún no comprendía la envergadura de su talento.

Su destreza y sobriedad para contar historias y manejar la cámara, la descubrí apenas seis años atrás. En pleno cuarto semestre de comunicación social fui con una ex novia a ver Río Místico. Entonces quedé maravillado con esa historia genial, redonda y perfecta en la que están involucrados tres niños. Pasa un tiempo, ocurre un horroroso homicidio y de esa manera,  el rompecabezas en medio de la adultez se vuelve a armar. Con esa espléndida película descubrí la versatilidad de Eastwood al contar historias: productor, director y compositor de bandas sonoras, todo en un solo paquete.

Al año siguiente, con la mujer que más he querido y sigo queriendo –pese a que terminamos hace poco– tuve oportunidad de detallar a la galardonada ‘One Million Dollar Baby’. Me fascinó toda la puesta en escena: la fotografía limpia, los personajes perfectamente confeccionados –sobretodo el de Morgan Freeman– y el clasicismo a la hora de contar una buena historia. Es que el señor Eastwood es considerado el último director clásico del cine norteamericano. Es placentero ver cómo mueve la cámara con sus paneos lentos, apacibles, sin afanes y sin lo vertiginoso y acelerado de las nuevas producciones hollywodenses que solo producen mareos, tal como si andaras en una montaña rusa supersónica.

Después de esas experiencias cinéfilas, me dediqué de lleno a coleccionar todas sus buenas películas como actor y director. Desde los espaguetis westerns orquestados por Sergio Leone –cómo no recordar aquí El Bueno, el Malo y el Feo– hasta sus últimas películas. Lloré con Bird, aquel buen biopic sobre la vida desenfrenada de Charlie Parker, famoso saxofonista de jazz, figura tomada por Cortázar para escribir ese hermoso cuento conocido como El Perseguidor. Cómo no llorar con un Clint Eastwood empapado por un aguacero torrencial, mientras Meryl Streep lo ignora en una vieja camioneta, en esa famosa escena de Los Puentes de Madison.

Lo recuerdo en el 2005, en la entrega de los Oscar, al recibir la estatuilla como mejor director. Mientras se burlaba en tono jocoso de Martin Scorsese –el perdedor de la noche porque El Aviador no fue reconocida con ningún galardón–, hablaba del regalo que le daba la vida por ser director y por sacar sus proyectos, pese a sus buenos años encima.

Y parece que un Eastwood con 80 años se seguirá burlando de la vejez. Porque luego de las geniales producciones como son The Challenging y El Gran Torino, anuncia dos nuevos proyectos. Terminó hace poco de rodar una adaptación del libro The Human Factor, historia sobre el apartheid en Sudáfrica. Morgan Freeman asume el papel de Nelson Mandela. Y en este momento se encuentra rodando un thriller denominado Hereafter, protagonizado por Matt Damon y producido nada más y nada menos que por Steven Spielberg. Hay Eastwood para rato. Ya lo espero con una tasa descomunal de café sabroso e hirviente, en un tradicional cinema de Medellín.

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