El Gerontoperiodismo es un lastre para la paz

September 9, 2011 - 7:59 am No Comments

Por Marco Lara Klarh*

Cada vez que he estado en Ecuador me sorprende la polarización del gremio periodístico. Allá mis colegas se encasillan entre «anti-correístas» y «correístas», y no porque necesariamente lo sean, sino porque en su encono van tachándose de hallarse en uno u otro polo —todo esto en un contexto de creciente rencor social hacia ellos.

Algo de lo más inquietante de tal atmósfera en Ecuador es su similitud con la imperante en México durante las campañas electorales y gobiernos de Vicente Fox y Andrés Manuel López Obrador, desde finales de los noventa hasta mediados de la década posterior.

Hablo de políticos populistas, con un discurso redentorista, un estilo personal estridente, habituados a descalificar a quienes disienten, hipersensibles a la crítica, incómodos con los equilibrios democráticos, reacios a la transparencia y negadores ante evidencias de corrupción en sus propios círculos —lo afirmo sin pretender que sean solo eso.

Con ese perfil, es predecible que entre los objetivos de su violencia verborreica estemos los periodistas y los medios noticiosos. Recuerdo los discursos descalificatorios de Fox y López Obrador contra la prensa —que llegaban a la incitación al odio—. También a Fox celebrando que indígenas no tuvieran acceso a la prensa, y a López Obrador ofreciendo con desprecio a los periodistas rifarles un costosísimo reloj con tal de que dejaran de preguntarse por qué usaba un accesorio propio de magnates mafiosos.

[La paradoja es que ninguno de estos tres ni otros políticos semejantes —Hugo Chávez, de Venezuela; Leonel Fernández, de República Dominicana, o Felipe Calderón, de México, incluidos—, a despecho de su retórica «mediafóbica», ha hecho nada por en verdad democratizar el sistema de medios, reformando las leyes, políticas e instituciones que propician los monopolios multimediáticos].

Lo peor es que la sistemática y radical desacreditación —desde el poder— de la prensa durante los regímenes de Fox, en el país; López Obrador, en el Distrito Federal, y varios gobernadores, se encuentra entre las múltiples causas que nos trajeron al escenario de violencia homicida en el cual estamos inmersos los periodistas mexicanos.

No es que la prensa industrial y los periodistas no nos pintemos solos. En general, hemos dado la espalda a la gente, con perfiles, agendas y enfoques tendenciosos, superficiales, descontextualizantes, alarmistas, discriminatorios, criminalizantes y sexistas. Solemos practicar el servilismo con ciertas élites y comportarnos como si nuestros interlocutores no fueran ciudadanos con derecho a la información. Llegamos a pertenecer a redes de corrupción, y somos reacios a la crítica y la auto-observación. Nos asumimos impunes.

Pero estas y otras deficiencias nuestras no justifican conculcar la libertad de expresión. En diversos foros he escuchado a Brisa Solís, del Centro de Comunicación Social, y a Darío Ramírez, de Artículo 19, insistir en que más que solo a medios o comunicadores específicos, debemos defender el derecho a expresarnos con plena libertad.

Cuando desde el gobierno, en vez de trabajar por un sistema de medios democrático, se desacredita a la prensa y denigra a los periodistas, no se les afecta solo a estos, sino que sobre todo está produciéndose un daño severo a la libertad de expresión: el acoso a la prensa es el preámbulo hacia un régimen proclive a combatir con violencia todo disenso.

Los periodistas somos el rostro de los medios noticiosos en la calle —como el policía lo es del gobierno, por ejemplo—, entonces la retórica populista descalificatoria de la prensa se traduce en violencia directa contra nosotros: si la autoridad manda el mensaje de que somos «los enemigos», puede inferirse que es posible —y hasta merecido— atacarnos, y eventualmente exterminarnos, sin consecuencias penales.

Desde Guayaquil, a principios de agosto llamé a César Ricaurte, director ejecutivo de la prestigiada Fundación Andina para la Observación y Estudio de Medios —en Quito—, para conocer su opinión acerca de la estrategia comunicacional del presidente Correa basada en la furibunda desacreditación de los medios y los periodistas.

Me recomendó leer La palabra rota, el informe coordinado por él, y días más tarde me envío una secuencia en video —sin título ni fecha— donde se documentan los arrebatos autoritarios de Correa contra la prensa, incluido un acto público en el que destruye en pedazos el ejemplar de un diario, protagonizando con ello un performance sobrecogedor.

La misma secuencia registra momentos donde llama a medios y/o periodistas «absurdos», «ridículos», «malintencionados», «desvergonzados», «manipuladores», «farsantes», «sicarios de tinta», «mafias», «golpistas», «conspiradores», «cavernícolas», «buitres», «criminales», en fin, «miseria humana».

Desde la cúspide del poder del Estado en Ecuador se cocina con esmero el caldo de cultivo de la violencia homicida contra los periodistas. Ya vimos en México cómo se gesta, y hoy lo padecemos. Tendría que haber alguna forma de que allá detuvieran este proceso antes de que sea irreversible.

* Marco Lara Klahr es periodista en temas de violencia y derechos ciudadanos desde hace 29 años, egresado de la UNAM, se desempeña como reportero de investigación de Efekto TV, director de minimediaotromexico/contenidos para medios, coordinador del Proyecto de Violencia y Medios en Insyde, y consultor de JusticeInitiative. Su libro más reciente, en coautoría con Francesc Barata, es Nota(n) roja. La vibrante historia de un género y una nueva manera de informar (Debate, 2009). Recibió el Premio Nacional de Periodismo en 2009 y 2000. Publica con mucho éxito su columna “meDios” en www.insyde.org.mx del Instituto para la Seguridad y Democracia.

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