Las visitas de mi padre

December 6, 2011 - 1:59 pm No Comments

Por Verónica Reyna*

El 18 de julio de 1990 nuestro padre murió de un ataque al corazón. Mi hermano logró verlo siete años después sentado en su sala fumando un cigarrillo. Luego le ocurrió a la menor de nosotros, Beatriz, mientras veía la televisión: él se le acercó por la derecha y le pidió un vaso con agua. La situación llegó a afectarla mucho más que a mi hermano. No pudo recuperarse desde entonces. La vida tiene curiosas maneras de recordarnos los demonios internos, a Beatriz éstos la enloquecieron.

Mi padre era un hombre tranquilo, pasivo, casi inmóvil; le gustaba fumar por las tardes y leer por las noches, caminaba arrastrando los pies y nunca nos dijo ni siquiera que éramos torpes, aunque muchas veces lo fuimos, especialmente con él. Mamá había muerto unos años antes que él. Sufrió un accidente automovilístico que la dejó en coma durante tres semanas y media. A los veinticinco días de estar en coma murió mientras mi padre le cambiaba el agua a las flores que le había comprado esa mañana.

Mi hermano me relató que mi padre sólo la había observado durante unos minutos para luego salir de la habitación y nunca más entrar. Fue la última vez que vio a su esposa después de veintidós años de casados. Desde entonces mi padre no hablaba más que lo justamente necesario. Por otro lado nadie se lo pedía. Nuestra relación con él nunca había sido buena y luego de la muerte de mi madre, se aisló mucho más; nosotros no pudimos más que ceder a su lejanía.

Después de unos meses de la muerte de mi madre, ya nuestra dinámica era inamovible. Él vivía en su habitación leyendo y fumando, Beatriz se encargaba de darle sus comidas y mi hermano y yo lo manteníamos. Nosotros hablábamos a veces en la habitación de Beatriz o de Fernando, mi hermano, y nos venía un poco de culpa cuando lo escuchábamos toser o caminar por su cuarto, solo y en silencio. La muerte de mi madre fue un golpe muy grande para nosotros, rompió todo medio de comunicación entre nosotros y en mi padre, todo contacto se fue reduciendo a intercambios monosilábicos y a saludos de buenos días y buenas noches. Ya ni siquiera le decíamos padre o “papi” como le llamaba Beatriz.

Cuando Beatriz comenzó la universidad, papá permanecía solo en la casa casi todo el día. Sin embargo, ni aun estando solo, salía de su habitación, siempre que llegábamos de improvisto lo encontrábamos sentado en su cama, fumando, o simplemente sentado como esperando algo, quizás a mi madre.

Ni a él ni a nosotros nos visitó nunca nuestra madre. No obstante, mis hermanos sí lograron verlo a él cuando finalmente falleció. Fernando me llamó una noche como a las diez para preguntarme cómo me encontraba y si se encontraba bien mi esposa. Me pareció de lo más extraña su preocupación y le pregunté qué quería o si le ocurría alguna cosa.

Entonces me contó. Me dijo que hacía tan sólo unas horas lo había visto. Se encontraba sentado en el sillón de su casa, observando una fotografía de su novia y Oscarito, su hijo, cuando él se acercó notó que su mano izquierda sostenía un cigarrillo a punto de quemar sus dedos, por un momento dudó si debía advertirle de ello o salir corriendo como idiota.

La línea telefónica estuvo en silencio durante unos segundos. Mi hermano tenía miedo. Le dije que quizá lo había imaginado todo, o que quizás había sido sólo un sueño que se confundió fácilmente con la realidad. Creo que inventé otra excusa pero ya no la recuerdo, quizá porque ni yo mismo la creí. Balbuceó algo y me dijo que tenía que dormirse ya. Le tocaba abrir la tienda de su suegro en la mañana y no quería llegar tarde. El viejo andaba con ganas de quitárselo de encima y él no podía darle gusto. Me colgó el teléfono y yo regresé a la cama junto a mi esposa, no pude dormir en toda la noche.

Cuando volví a hablar con mi hermano él ya había olvidado todo, o trataba enfurecidamente de hacerlo. Se encontraba irascible y cansado, más bien agotado; su suegro lo había corrido y la novia estaba a punto de mandarlo al diablo, así que estaba planeando irse a vivir con Beatriz a la casa.

Para ese tiempo, Beatriz vivía con una amiga en la casa que había sido de nuestros padres. Estudiaba y trabajaba y casi nunca pasaba ahí. Unos días después de hablar con Fernando, ella me llamó por teléfono muy molesta para decirme que Fernando quería ir a invadir su espacio, que ella no tenía la culpa de que la mujer lo corriera y de su irresponsabilidad y su estupidez. Cuando colgamos me forcé para entender que la relación con la amiga había pasado a otro nivel y que ese era realmente el motivo por el que no dejaba mudarse a Fernando. Llamé a mi hermano para decirle que se buscara otro lugar, pero ya no fue necesario, al suegro le había dado derrame cerebral y había quedado más loco que mandado a hacer; ahora él manejaba la tienda.

Recuerdo una noche en que invité a mi hermano y su nueva esposa a cenar en mi casa y ver unas películas viejas que había logrado encontrar en una videoteca del centro. Mi esposa nos preparó una cena suave y deliciosa que mi hermano no llegó a apreciar. Al final pude lograr al menos su conformidad y nos fuimos a hablar un poco más al patio de atrás. Unos cigarrillos y los juegos de nuestros hijos nos acompañaban la conversación tranquila y lenta. En un momento mi hermano hizo referencia al olor del cigarrillo y recordó el olor de los cigarros que fumaba mi padre. Me dijo que esa noche ese olor había quedado en el aire durante casi una hora y que su esposa también lo había sentido.

No niego que en ese momento mi cuerpo sufrió un escalofrío completo. Sabía que no lo había imaginado, sabía que su padre había estado en su casa fumando mientras observaba una fotografía de su hija y de su esposa. Sabía que había estado ahí sentado, en silencio, quizás esperando, como siempre. No pude decirle ya nada, su miedo se había convertido en tristeza y nostalgia. Lo vi en sus ojos cristalinos, lo noté en su voz callada, en ese silencio que cerró el comentario y nunca más lo volvió a abrir.

Con Beatriz todo fue diferente, aunque en realidad nada lo había sido, quizá sólo era ella, su estado, su vida. En esos días se encontraba viviendo sola, su novia había salido del país debido a una maestría que estaba realizando y ya tenía varios meses de encontrarse en una casa vacía y silenciosa. Ella llegaba por las noches a la casa, se servía la cena y se iba a la sala a comer mientras miraba la televisión.
Esa noche ya se encontraba un poco adormitada, cuando mi padre le pidió un vaso con agua. Ella no pudo decir nada, ni siquiera logró moverse. Mi padre se le acercó más y se lo pidió nuevamente. Necesitaba tomarse unas pastillas, necesitaba agua. Beatriz me lo contó tartamudeando y mezclando la historia con cosas que tenía que tener hechas para mañana.

Traté de tranquilizarla y la invité a irse conmigo a la casa, para que pasara la noche ahí con nosotros. No me hizo caso alguno y se puso a preparar unos papeles en un fólder azul, pensé en obligarla a reaccionar pero me rendí ante mi artificial preocupación. Salí de la casa y me dirigí al supermercado a comprar las cosas que me había pedido mi esposa.

Al día siguiente Fernando me llamó a la oficina para decirme que Beatriz había llegado a buscarlo a la tienda, que él no había estado en ese momento, pero que su esposa la había visto rara, que le había contado que mi padre le andaba pidiendo cigarrillos toda la noche, que lo oía toser en la otra habitación y que la veía triste, que parecía tener varios días de no dormir.

Me preocupé y pedí el resto del día, con Fernando la buscamos en casa pero no se encontraba nadie (hasta ahora caigo en cuenta que más que a ella era a él a quien buscamos en la casa ese día) Luego fuimos a la universidad pero tampoco logramos encontrarla en ese lugar. Regresamos a su casa y la encontramos acostada en su cama, enrollada como gusano y temblando como si estuviera congelándose. La llevamos donde un médico y pudimos mantenerla estable unos días. Después de una semana volvió a verlo y ya nunca volvió a ser igual.

Luego de unos meses nos resignamos y la internamos en un hospital. Ninguno de nosotros podía (tampoco quería) cuidarla y la novia parecía haberse quedado viviendo en otro país. La visité durante un tiempo pero poco a poco fui olvidándome de ella. Ella también se fue olvidando de mí. Recuerdo que la última vez que fui a visitarla ya ni siquiera llegó a hablarme, todo lo que decía iba dirigido a él. Luego de unos años Beatriz murió, mi hermano y yo le dimos sepultura pero ninguno logró liberar una lágrima por ella. La culpa en nosotros lloraba hacia adentro.

Mi hermano viajó con su familia hacia el exterior un año después y desde entonces no recibo de él más que una carta anual que ya no sabe qué contar, así que mejor no cuenta nada. No lo extraño, como no extraño a Beatriz, ni a mi madre y mucho menos a mi padre.

Después de tantos años, he logrado comprenderlos, he logrado entender su vida, al menos en parte, y eso me ha dado cierta tranquilidad, cierta paz que toda mi vida esperé. Mi hermano siempre le achacó a mi padre su frialdad hacia mi madre, su indiferencia, su mal trato. Beatriz reclamó su atención, siempre deseó que la viera como una mujer, que la acariciara con ternura y se enorgulleciera de ella como creía lo hacía con mi madre; mi hermana mantuvo ciertos celos hacia mi madre que afectaron la relación que pudo haber construido con mi padre.

Por mi parte, siempre pedí de él una plática, complicidad, un acompañamiento, al menos, de mi soledad, de la suya. Tanto tiempo ha sido necesario para poder tenerlo, tanto tiempo ha recorrido mi cuerpo para poder al fin sentarme en mi cuarto y poder fumar con tranquilidad y paz en este silencio que nos acompaña, poder mezclar mis palabras y las suyas como el humo de dos cigarrillos diferentes y lejanos por los años y el silencio. Su plática me acompaña, su tos carrasposa me anuncia su presencia, sus pasos me guían por el final de mi vida.

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*Verónica Reyna tiene 28 años, es salvadoreña y tiene la escritura de cuentos como pasatiempos

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