Diamantes que cuelgan del techo

December 19, 2011 - 12:40 pm No Comments

Por Santiago Gómez*

El se llamaba Horacio, y ella se llamaba Violeta.  Él no sabía cómo se llamaba ella.  Ni ella sabía cómo se llamaba él. La relación inexistente se sostenía a partir de meras impresiones, impersonales por el momento, pero con la fuerza de atracción inexplicable que surge de dos solitarias personas. Sujetos que se encuentran acompañados en medio de una multitud donde todos se escuchan  iguales y donde el olor a tabaco y a cortina vieja,  se funde en una sola cosa.

El, con su nuevo traje de seda, hecho a la medida con gentileza por un hombre viejo que también carga sobre sus hombros una historia de seda como el vestido, pero que se ignora por culpa de la ficción que deja en espacios inconclusos esas historias secundarias.  Se acerca a ella, con su olor a perfume japonés y su cara de bondad, detrás de una imaginación poco conservadora pero reservada.

El acercamiento pasó desapercibido por los trescientos cuerpos de masa que los rodeaban.  El teatro era alto y allí colgaban diamantes enormes que reflejaban cada rostro pero ignoraban la belleza de esas caras al superarlas con el brillo pecador de esa piedra apetecida.  Aunque fue desapercibido  el gesto del hombre con el traje de seda, los dos sintieron que todos los miraban, que todos se fijaban en sus vestimentas y en el movimiento de sus pupilas, las de ella, azules,  y los de él, marrones, casi negros.

Sentían un aire de ser observados, el a tres metros de ella, se sentían como si sus emociones y pensamientos ignorados hasta por sus propias conciencias eran extraídos y plasmados en palabras, como si el narrador de su historia fuera un chismoso que relatara lo más profundo de sus meditaciones, ahora dos metros, como si su privacidad fuera robada por unos ojos inescrutables a través de un vidrio negro donde eran observados los personajes.  Ellos permanecían incapaces de devolver la mirada o el orgullo o la ira o el amor de ser ficticios.

Ahora a un metro, el hombre, su altura y el contraste de su pelo negro contra los diamantes, se hacían más evidentes, los ojos azules de ella eran hermosos, pero no lograban el reto de superar los diamantes indiferentes pero altísimos en el techo. La proximidad ahora no se media en metros sino en suspiros.  El tufo de la menta en su boca alcanzo su olfato.  Terrible se sentía ella de ser robada en sus sentidos, y fue en este punto donde se paró y se dirigió a la salida más próxima.

Sin prisa, sin apuro, pero con decisión, caminó entre la multitud, entre la champaña, dejando los diamantes y las cortinas para otra ocasión. Él no se sorprendió de la movida de la mujer de los ojos azules que al fin y al cabo si eran bonitos, por lo menos dejaban la estela del azul que ahora parecía salir de la puerta. Eran por lo menos seis metros de espacio mezclado de tapete y asfalto que los separaban, el ritmo de sus pasos era igual, no se tomaba ventaja ni se acercaban los dos cuerpos, las dos fragancias.

Ella caminaba alzando la cola de su vestido para que esta no fuera a ser manchada por la restante lluvia que se reposaba en el asfalto sucio con tierra aguada y llanta quemada.  Él se metía la mano al bolsillo y con un movimiento no muy lento encendía un cigarrillo, pero con la agilidad de no apartar su mirada de la estela de miradas azules que dejaba la mujer, siempre a seis metros de distancia. Ella sabía que el traje gris caminaba detrás de ella, su intención no era huirlo, el no buscaba atraparla tampoco: la caminata a media noche no le sentaba mal;  al fin y al cabo el aire se respiraba bien y la música de los bares sonaba con melodías a penas reconocibles pero agradables.

La sencillez del asunto no podía ser más explícita, Sin embargo, no se detenían los dos cuerpos. Siempre a la misma distancia, no había freno en los ojos azules ni apresuramiento en el pelo oscuro. Había perseverancia y no había descanso.

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*Santiago Gómez cursa once grado en un colegio bogotano. Nacido en Medellín, es un apasionado de la escritura y un gran lector de la obra de Julio Cortázar.

 

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