De Eso Tan Bueno…

January 20, 2010 - 10:38 pm No Comments

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Por: Juan Andrés Alzate Peláez.

Por allá a mediados del siglo XIX, y comienzos del pasado, hubo una serie de personajes tan pintorescos cuanto ingeniosos a los que coloquialmente llamaban “bobos”. Acá en Antioquia son famosos Cosiaca y Marañas, por mencionar los más célebres. En aquel entonces no se tenía la clasificación clínica que tenemos hoy de enfermedades mentales o síndromes neuronales; luego, no sabremos con exactitud si estos personajes eran dementes, o padecían de otra clase de mal, o simplemente eran pícaros haciéndose pasar por ingenuos. El caso es que tal fue el talante de sus necedades que estas llegaron a ser memorables.

Se dice que en cierta ocasión a una ama de casa se le echó a perder una olla de arequipe, pues cayó una cucaracha adentro. Ella, por no botar el dulce, prefirió regalárselo al bobo Marañas, quien extrañado por tan inusualmente generoso regalo sentenció la frase que mejor describe la perspicacia paisa: “De eso tan bueno no dan tanto”.

Estos “bobos”, o simples como dirían las letras clásicas castellanas, tienen algo de admirar: en su ingenuidad refeljaban un amor por la vida y una sencillez que a los más de los mortales nos hace falta. Esta es una buena locura que, como diría Erasmo de Rotterdam, permite no solo pensar de forma sana —¿quién lo creyera?— sino saber vivir.

Si, saber vivir. Ese retorno a la simplicidad, ese tomarse las cosas con un poco de locura tiene algo de sentido común. No en vano los humanistas del Renacimiento prefirieron a Platón, al idealista Platón, sobre las alambicadas concepciones aristotélico-tomistas de sus teólogos contemporáneos.

La locura, ciertamente, supone algo extraordinario; la ligamos al arrebato, al furor y al entusiasmo. Desde que hay humanidad hay curiosidad sobre los comportamientos anómalos; unas veces se les atribuye origen divino, como creían en un momento los griegos; otras diabólico, como creyeran los judíos y los cristianos. Quizá la aseveración más interesante es la que hizo Hipócrates en su teoría de los humores, y que la atribuía a un exceso de bilis negra.

Sea como fuere, el concepto de locura nunca ha sido exacto sino más bien vago y ambiguo. Se le ha dicho locura a la melancolía, a la cólera, al éxtasis místico y hasta al desorden de las pasiones (como creían los estoicos). Dando un vistazo al diccionario, hay al menos cuatro nombres distintos en griego para referirse a la misma insensatez o locura : αφροσυνη afrosynee, μωρια mooría, παραφροσυνη parafrosynee, ληρος leerós. A nuestra mentalidad no le queda clara la identidad entre la tristeza y la locura (‘eufrosynee’ es alegría y ‘afrosynee’ locura), si acaso pensamos que la melancolía es penúltima a la locura pero no igual, pero así lo concebían los griegos, al punto de aseverar que la locura o melancolía se podía contraer al pasear por andurriales solitarios y tenebrosos, los cuales alteraban los humores induciendo la demencia.

Pero la “buena locura”, de la que gozaban nuestro Marañas o nuestro Cosiaca, poco tiene que ver con estos sentimientos. La “Música para aliviar a los meláncólicos” de Marin Marais no era para estos hombres. Por algo don Fernando González dijo alguna vez que “Envigado puede ufanarse de haber dado dos bobos ilustres: Marañas y yo”, ambos dizque filósofos —añade León Posada.

Tampoco quiero decir que piense, como Foucault y sus émulos, que la idea de locura es una imposición del discurso normativo, una cuestión de lucha de poderes, que la locura no existe. Reconozco sí, que el término “enfermedad mental” es muy problemático por el sólo hecho de que “mente” no es un predicado real (no en el sentido positivista). Se pueden cuantificar los daños neuronales o las anomalías en la bioquímica del cerebro, pero no eso que se llama enfermedad de la mente, eso no es cuantificable, por eso es problemático.

Habida cuenta de que no hablo de la locura como enfermedad, como lo propio del enajenado o del deprimido, ¿de qué locura hablo?

Pues de la de los filósofos, tildados por muchos de locos o de necios, de la necedad, que no de la insensatez, respecto al retorcido sentido común de quien no sabe vivir. Antes de someterse a las abstracciones filosóficas está la vuelta sobre si mismo, es menester algo de vida interior antes que dar prevalencia a filosofías y metafísicas que, muchas veces, se asimilan con poco o ningún criterio. Algo de locura nos ayudaría a pensar de manera sana.

Es que, en efecto, la locura también era vista por los griegos como un don de los dioses para poderse comunicar con ellos. Había una locura buena y una mala. La mala, la desesperación, era el ensañamiento sádico de los dioses pues, como dijera Eurípides, ellos enloquecen a los hombres antes de destruirlos.

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“A Cosiaca”. Pintura de Francisco A. Cano

Esa mala locura se asemeja al pensamiento, desesperado y triste, del fanático irreflexivo sometido a la superstición y a la ignorancia. Tal enajenación, por dar prevalencia a las formas sobre los contenidos, convierte a los hombres en máquinas acríticas capaces de creer, sin atreverse a dudar, sin ser necios o rebeldes, que lo absurdo tiene poderío sobre la exuberancia de la vida que, en el fondo, desdeñan. ¿Quién creyera, por ejemplo, en estos días que aún hay quien cree que los terremotos los causa el hombre, el inocente hombre? ¿Quién que la tierra es plana porque su libro sagrado lo dice?

La mala locura es la insensatez, la vulgaridad; la buena, la necedad a los ojos del mundo, el escándalo para los judíos y la locura para los gentiles, como dijera Pablo de Tarso (aunque no en el sentido estricto que yo digo).

Mal que nos guste, somos amigos de la locura, en el fondo la deseamos ¿A cuántos no les resulta más interesante oir hablar de los santos míticos, como un San Jorge con su dragón a bordo, antes que de los austeros y piadosos ascetas de los primeros siglos? Lo que se sale de lo normal nos cautiva no porque veamos lo anormal como mejor que la realidad, sino porque en tal interés hay una protesta implícita a los modelos de mundo cuyos límites nos obligan a no traspasar.

En otro lugar del citado texto de León Posada dice:

«Al rato, delante de su esposa, dijo: “Me siento enfermo pero estoy feliz con mi enfermedad porque eso también es Dios”. Levantó la cabeza y mirando al vacío exclamó: “Quisiera enloquecerme”. A lo cual doña Margarita respondió: “¿Para dónde más, Fernando?”. “No, Margarita, la locura que yo deseo es una locura inofensiva que degenera en bobada. Muy bueno sería pasar todo el día sin noción de tiempo ni de nada, vivir en la beatitud”».

¡Ah falta que nos hace algo de necedad y de locura a los que somos tan apolíneos! Pero la locura, como las virtudes teologales, es un regalo de los dioses, hay que pedirla y desearla porque… de eso tan bueno, no dan tanto.

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