Al final de la noche

January 2, 2012 - 1:38 pm No Comments


Por Miguel Alavalcívar*

La madrugada sin un sello en la boca,
Las bombas que destripan los coches,
La soledad como amante con ropa,
Siempre llegan al final de la noche.

La jaqueca con sus píldoras de excedrín,
La coca de septiembre que me desconoce,
Las mujeres de las que nunca me arrepentí,
Siempre llegan al final de la noche.

El vacío de cama y Manuela desnuda con frío,
El Merlot dulce sin su afán de descorche,
La mueca mentirosa para no olvidarme que rio,
Siempre llegan al final de la noche.

La ceniza que me dibuja en la espalda,
Las minas que no me conocen,
El tinte de pelo para taparme las canas,
Siempre llegan al final de la noche.

Las lectoras que me hacen el favor,
Los veintitrés que saben tan cuarentones,
El Titanic que se ahoga en tu corazón,
Siempre llegan al final de la noche.

Y cuando entra la madrugada
Hasta el yo más miserable quiere ser aceptado,
Porque nada lindo tiene el llegar a casa
Y sentir sólo un beso inventado.

Y cuando entra la madrugada
Hasta la luna finita me da la espalda,
Prefiere estar sola que mal acompañada,
Dice, la muy puta, cerrando una puerta sin chapa.
El recuerdo de la novia que nunca me duró,
El oro que nunca conoció a su broche,
Las mentiras que inventé por sentirme Miró,
Siempre llegan al final de la noche.

Las manos tan solas en los bolsillos,
El suéter negro del fantoche,
Y éste matador más solo que vivo,
Siempre llegan al final de la noche.

Ya no estoy para escaleras a ningún balcón,
Y las golondrinas cuentan que el exilio es de hombres,
Irme a la esquina con otra que no tenga corazón,
Que nunca llega al final de la noche.

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* Miguel Alavalcívar, ha realizado trabajos dentro de la poesía y la narrativa, los mismos que se recogen en sus publicaciones: «Universo paralelo», «Amada Inmortal», «El mundo, contado al revés» y su reciente «Prozac: un libro a cuatro manos.» Colabora con Revista Cronopio de Colombia, plasmando su arte por la senda del pensamiento crítico a la sociedad catatónica.

En su última obra, Alavalcívar, descarta la tentación de dramatizar el dolor, omitiendo fingir un viril estoicismo, siendo más bien el solitario y lúdico espectador del mundo multiforme. Cerca de sus manos siempre hay una canción de Sabina, un cigarrillo, y una mujer. Cimarrón y vernáculo, nos presenta su último trabajo. No posee un estilo académico ceremonioso, por el contrario, es sencillo y corto pero no cortado, perspicuo en ocasiones, su lectura es de la más anfetamínica adicción, con personajes que van desde lo abyecto y miserables, no por las circunstancias casuales y arbitrarias del autor, sino las causales de una sociedad comprimida, copada y deshumanizada. La norma «sin-táctica» es planteada en está afilada historia, trenzada desde las periferias con los hilos del exceso hedónico. Los personajes se desplazan por lugares, historias, autores y canciones en un movimiento cinematográfico dentro de las pupilas alfabéticas de sus lectores, experimentando un constante in crescendo. Haciendo catarsis artística, su autor descarga, toda su crítica a las estructuras y sistemas pre concebidos y aceptados, destrozando los cimientos conservadores del statu quo de la literatura.

ALEJANDRA PESÁNTEZ
ESCRITORA QUITEÑA
BUENOS AIRES – ARGENTINA

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