Las horas secretas: Una valoración crítica a la historia colombiana

February 6, 2012 - 4:41 pm No Comments

Por Willian Geovany Rodríguez Gutiérrez*

Durante décadas Colombia ha convivido con la muerte, el secuestro, las desapariciones forzadas, los atentados, el terrorismo, el genocidio, la impunidad, los crímenes de lesa humanidad, las torturas, la falsedad.

También con la traición, el conflicto armado, la violencia, el desplazamiento forzado, los homicidios, el narcotráfico, el miedo, el temor, los derramamientos de sangre, la confusión, las masacres, entre otros hechos atroces. Estos acontecimientos se anuncian con rapidez y luego son reemplazados por otros con determinadas variables, por eso: “la masacre de hoy borra la masacre de ayer pero anuncia la de mañana” (Roca, 2007, p. 13) y lo peor aún es que nuestro pueblo parafraseando a Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana, como ha olvidado su historia, sigue condenado a repetirla una y otra vez.

Aún así, constantemente surgen pronunciamientos que demuestran lo contrario, como el de la escritora Ana María Jaramillo, que lejos de ser una voz oficial proveniente del poder y regimentada por condicionamientos unilaterales, pasa a ser la voz de los que no han tenido voz. Desde su condición de mujer rompe los esquemas y desafía al Estado totalitario utilizando el texto literario –en este caso el libro “Las horas secretas”- como mecanismo de denuncia-así consigue no sólo mostrarnos otra realidad sobre la historia oficial sino desenmascarar aquellas supuestas verdades que han pretendido oficializar desde la imposición.

Por  tanto, para el investigador Chloe Rutter Jensen “la exclusión del discurso privado y contextualizado de estas mismas “verdades” constituye una historia oficial autoritaria, impuesta sobre los individuos de una comunidad nacional que ignora las historias minoritarias y marginalizadas”.  De ahí que la escritura femenina pretenda contrarrestar la imposición de una historia oficial como lo asegura el mismo investigador “la escritura femenina ha podido luchar contra ese dominio y abrirse un espacio vital en la esfera pública en la cual establece otras posibilidades”.

Por tal razón, la escritora de “Las Horas Secretas” revela en un tono erótico la invasión del Palacio de Justicia de 1985  y a su vez cuestiona el desarrollo de esa trágica historia que pudo haberse evitado si Belisario Betancur no hubiera faltado a su palabra con los grupos guerrilleros, con lo cual “se pasó de la posibilidad de que grupos insurgentes se incorporaran a la vida civil y se presentaran como una alternativa política, a la intolerancia de los sectores más recalcitrantes y reaccionarios de la sociedad, que bombardearon ese proyecto político” (Cruz Calvo, 2004, p. 43).

Además hay que señalar que: “El procurador fue informado del nombre de los agresores y no hizo nada, el presidente no hizo nada, la Comisión de Paz quedó muda, la Comisión de Verificación calló aún más y el pueblo se dirigió al hospital a cuidarlos para que no los fueran a rematar.” (Jaramillo, 1996, p. 37)Y más adelante la narradora es enfática al mencionar: “La traición estaba consumada.” (Jaramillo, 1996, p. 38).

Pero la narradora no sólo se detiene en hacer evidente los anteriores cuestionamientos sino que los dirige a los medios de comunicación, porque asegura que: “La radio, las más firme cómplice del ejército en este holocausto, seguía transmitiendo…” (Jaramillo, 1996, p. 71), por eso: “No escuchó sus ruegos pidiéndole que defendiera la vida de los magistrados y empleados, y no el edificio donde trabajaban. No deseó saber nada de ese presidente  de la Corte tan independiente que iba a condenar a su ministro de Defensa por torturador” (Jaramillo, 1996, p. 72). Hecho anterior que nos lleva a considerar que el Estado con sus aparatos ideológicos una vez más se servía de los medios para reproducir no sólo el control sino la domesticación de una sociedad que no actuaría por vivir en el temor.

Este hecho es analizado por Noam Chomsky en su estudio “El control de los medios de comunicación” ya que propone una categoría como es la del “rebaño desconcertado”.  Por eso afirma que “hay que protegerse cuando brama y pisotea”. Es decir, la mayoría de la población cuya función se limita a ser meros “espectadores en vez de miembros participantes de forma activa”. Se les permite decir “queremos que seas nuestro líder”, porque “estamos en una democracia y no en un estado totalitario”. Y, una vez dicho esto, “se espera de ellos que se apoltronen y se conviertan en espectadores”.

También la narradora procede a denunciar públicamente en el texto literario cómo es que se pretendía desviar pronto la atención sobre los hechos acontecidos en el Palacio de Justicia, porque “…este gobierno sabía con certeza: que al pueblo hay que tenerlo de tragedia en tragedia, así no piensa en el poder, pues están tan ocupados siendo solidarios unos con otros”. (Jaramillo, 1996, p. 72). Que no tendrán tiempo como para analizar cada situación. Además, otra forma para desviar la atención era por aquel entonces seguir con los preparativos que permitieran llevar a cabo el Reinado de Cartagena donde se escoge cada año una nueva soberana de la belleza.  Así de esta manera, se conseguiría olvidar el dolor causado por la muerte de más de cien personas que perdieron la vida mientras el grupo insurgente del M-19 se tomaba el Palacio de Justicia.

A su vez cuestiona la falta de decisión del Ministro de Minas y Energía, porque en vez de alertar a la población civil sobre una posible explosión del Nevado del Ruíz, negó una y otra vez ante los medios de comunicación impresos que: “no había motivo de alarma, que no pasaría nada, ignorando la opinión de los expertos alemanes y japoneses y hasta la de los griegos” (Jaramillo, 1996, p. 72), así como también realizó unas declaraciones reveladoras al señalar que “una vez les llegó la ayuda internacional no dudaron en repartírsela entre el ejército y la Cruz Roja. Saquearon, especularon, rechazaron a los expertos y terminaron cometiendo uno de los peculados más vergonzosos de que se tenga noticia” (Jaramillo, 1996, p. 72).

Todos estos hechos vergonzosos y trágicos, en su mayoría fueron premeditados con ciertos fines, debido a que dejan muy claro que cierta parte del gobierno nacional necesitaba a toda costa negar su responsabilidad y para ello debía desviar la atención de alguna forma y no cabe duda que en cierta medida lo lograron, con ello evitaron el repudio, la indignación, el escándalo y el rechazo del país.

Sin embargo, textos literarios como el de Ana María Jaramillo logran a través del tiempo vencer el silencio y surgen del olvido para recuperar la historia refugiada en el sótano de aquellas memorias efímeras demostrando con ello su compromiso como actora social en la reconstrucción de la historia de nuestro país, por eso no calla ni se resigna.

Esta virtud se debe a un firme interés por producir,  según Carol Zardetto,  “una literatura generada desde el compromiso político y donde el sujeto que escribe, se coloca en actitud de desafío a la estructura social” (Pág. 3). Por tal razón, Hayden White es contundente al aseverar que “los eventos en una comunidad no se ofrecen como historias hechas y sin contexto, sino que los testigos inventan o construyen la historia a través de una narrativa que exige un tipo de resolución moral que refleja los sistemas actuales”

Por lo anterior, la escritora Ana María Jaramillo “se ubica dentro de la formación discursiva de mujeres escritoras en Colombia, que re-evalúan la historia, planteando la problemática entre la historia y la ficción en la narrativa nacional (Ortiz, 1995:186).

____________
*Willian Geovany Rodríguez Gutiérrez es Maestro de Lengua Castellana, Escritor, Poeta y Ensayista. Nace el 29 de noviembre de 1984 en la ciudad de Purificación, departamento del Tolima – Colombia. Es Licenciado en Lengua Castellana de la Universidad del Tolima donde recibió el reconocimiento de Grado de Honor Máximo y de Excelencia Académica. Diplomado en Investigación Cualitativa y Docencia Universitaria.   Fue reconocido en el año 2005 por el periódico Tolima 7 Días como uno de los personajes del Tolima al lado del escritor tolimense William Ospina y del científico Manuel Elkin Patarroyo. Actual ganador del II Concurso Nacional de Poesía Festival de los Ocobos. Colaborador permanente en el periódico El Nuevo Día, sección: facetas de Ibagué-Tolima. Algunos de sus textos -reseñas literarias, reseñas críticas literarias, ensayos literarios, estudios literarios, artículos, entrevistas, poemas, entre otros-han sido publicados en el Periódico El Informativo, Boletín Virtual y Boletín Entérate de la Facultad de Educación, Universidad del Tolima; Revista Cronopio, Boletín Internacional de la Red Solidaridad y Género de Brasil, Revista Cultural de Colombia y América Latina Libros & Letras, Revista Literaria Gaceta Virtual de Argentina, Revista Sociedad Latinoamericana de la Facultad de Estudios Superiores Aragón de la Universidad Nacional Autónoma de México, entre otros.

 

Comentar