Por cobardía o ignorancia

March 14, 2012 - 5:57 am No Comments


Por Marco Lara Klahr*

La primera vez que entrevisté a Johan Galtung, creador del periodismo de paz, entre tantas cosas interesantes me dijo, «El problema es que muchas veces los periodistas no son solo ignorantes, sino también cobardes». Se refería a que formulando al poder político las preguntas adecuadas podemos ayudar a que un conflicto no escale hacia la violencia o identificar una fuente de violencia proveniente del gobierno, pero que tememos hacer tales preguntas, ya por ignorancia, ya por cobardía.

Hojeando El Sol de Morelia [febrero 13, 2012] en un café del centro de esa ciudad, al encontrar en la sección «Policiaca» la siguiente nota cabeceada como «Ebrio se suicida en Barandilla», se me vino a la mente esa frase de Galtung:

«PÁTZCUARO, Mich.— Un joven que había alterado el orden público al estar bajo los influjos del alcohol, fue detenido por policías municipales y trasladado a Barandilla.

«Sin embargo, cuando el muchacho estaba solo aprovechó para ahorcarse con una cadena que traía, lo que movilizó a todo el personal policial, que ya nada pudo hacer para salvarle la vida.

«El hecho fue cerca de las 20:40 horas, en la cárcel preventiva de esta población, donde Oscar Eduardo Morales Salvador, de 25 años, quien había sido aprehendido por ebriedad, se ahorcó y murió.

«[…] el ahora occiso vivía en la colonia Felipe Carrillo Puerto, en la localidad de Tzurumútaro […], quien aparentemente tenía problemas de índole personal».

Esta nota revela los mecanismos mediante los que los periodistas y los medios noticiosos llegamos a estigmatizar personas para disimular, pretendidamente, una lamentable intervención policial. Consideremos en esta reflexión las siguientes preguntas:

1. ¿Es lo mismo un «ebrio» que una «persona en estado de ebriedad»?
2. ¿Que la persona estuviera ebria exime a la policía de responsabilidad?
3. ¿Por qué la nota carece de crédito de autor y fuente de la información?
4. Si el protocolo de intervención impone a la policía retirar al detenido todo objeto con el cual pueda producir o producirse daño, incluidas sus agujetas, ¿por qué en este caso la policía le permitió quedarse con una cadena del grosor y longitud suficientes para ahorcarse, habida cuenta de que estaba descontrolado?
5. ¿Por qué la policía dejó solo al detenido no obstante que estaba fuera de control?
6. ¿Las dimensiones de la barandilla —juzgado cívico— de Pátzcuaro son tales que permiten que nadie note cuando alguien fuera de control se suicida colgándose?
7. ¿Cómo está tan seguro el autor de que la policía trató de salvar a la víctima?
8. ¿A cuenta de qué advierte que la víctima «tenía problemas de índole personal»?

No se trata de especular si el periodista produjo la nota por propia iniciativa o se la pidió un superior —director, subdirector, jefe de información, editor—, ordenándole ceñirse a la versión policial; si él entregó una primera versión que luego fue manipulada para publicarse tal cual, o si alguno de quienes intervinieron en el proceso editorial buscaba deliberadamente ayudar a la policía a eludir su responsabilidad.

Es evidente que, cuales sean las circunstancias en las que murió la víctima, los agentes de la policía de Pátzcuaro implicados tienen responsabilidad administrativa y penal. Pero la nota aludida no solo no lo menciona, sino que su autor se esfuerza por machacar que el único culpable es el «ebrio», por «ser ebrio» y tener «problemas de índole personal».

Y el domingo volví a recordar la frase de Galtung por este encabezado: «Recapturan a El Coqueto, feminicida serial del Edomex» [La Jornada, marzo 4, 2012], que exhibe la convicción editorial de que una persona imputada de delito es culpable por el hecho de ser imputada, de modo que lo que un tribunal penal resuelva no es ya sino mero trámite.

Enseguida, sobre el mismo tema, di con esta otra pieza: «”El Coqueto, obsceno con las mujeres; cobarde para pelear”» [El Universal, marzo 2, 2012], con afirmaciones empeñadas en individualizar la violencia machista, aparte de machistas y pendencieras, sumisas a la fuente de procuración de justicia y per sé carentes de sentido noticiable:

«Era muy “entrón” para gritarle obscenidades a las mujeres, para ofrecerse a llevarlas a sus casas, para violarlas y después para asesinarlas; sin embargo, a la hora de los golpes con hombres siempre le faltó decisión, era un cobarde»

«[…] las pocas peleas que tuvo, las perdió. Él no las buscaba, pero la forma abusiva en que se comportaba al querer ganar el pasaje, le generó muchos problemas»

«Su actitud es resultado de baja autoestima, toda vez que creció en un ambiente de violencia intrafamiliar y carencias; aparentemente cuando era niño fue víctima de abuso, según el análisis de personalidad, resultado de sus declaraciones ante la PGJEM…»

«Guardaba… prendas de sus víctimas como… trofeo, actitud típica de un asesino serial»

«Cuando su turno comenzaba a las 3 de la tarde, él iniciaba a las 7 u 8 y se prolongaba hasta la madrugada, a las 3 o 4. Casi nunca se paraba en la base y daba muchas vueltas por fuera, sin checar tarjeta. A veces dejaba de operar»

¡Ay, querido Galtung, cuántas licencias nos damos los periodistas.

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* Marco Lara Klahr es periodista en temas de violencia y derechos ciudadanos desde hace 29 años, egresado de la UNAM, se desempeña como reportero de investigación de Efekto TV, director de minimedia otromexico/contenidos para medios, coordinador del Proyecto de Violencia y Medios en Insyde, y consultor de Justice Initiative. Su libro más reciente, en coautoría con Francesc Barata, es Nota(n) roja. La vibrante historia de un género y una nueva manera de informar (Debate, 2009). Recibió el Premio Nacional de Periodismo en 2009 y 2000. Publica con mucho éxito su columna “meDios” en www.insyde.org.mx del Instituto para la Seguridad y Democracia.

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