Vicente Huidobro: Poesía nueva para un mundo desconcertante

March 15, 2012 - 5:32 pm No Comments


Por Juan Manuel Zuluaga Robledo*

En la década de los años 20, Vicente Huidobro ya se daba el lujo de ocupar un lugar respetable entre los grandes poetas vanguardistas que cambiaban la forma de expresar las ideas –y también transgredían la métrica tradicional-en el quehacer poético. El poeta actuaba entonces, como un pequeño duende inquieto que se daba la licencia de crear un lenguaje único en cada poema.

En 1930, luego de peregrinar por varios países, decide regresar a la capital española, en busca de editoriales que se pudieran interesar en su última creación poética: Altazor, al que llevaba puliendo y depurando por varios años. Luego de ser recibido con los brazos abiertos por personajes de la talla de Pablo Picasso, no le sería difícil encontrar una editorial que publicara su nueva colección de poemas.

El vanguardismo y la poética propuesta por Huidobro, tenía la idea de que cada creación poética, única e irrepetible, debía ser diametralmente opuesta a toda obra anterior. Debía parirse así misma. Huidobro pensaba de manera revolucionaria, que el poeta como un Dios, imponía nuevas leyes en cada poema: que cada verso, cada estrofa, estaban sujetos a leyes que solo tenían vigencia en el momento de concebir el poema.

Una vez finiquitado Altazor-culmen de la obra creacionista para muchos y un vuelo en paracaídas hacia el mundo metafísico para otros-el poeta debería concebir nuevas leyes para crear nuevos poemas poema. Al final del texto, en el Canto VII, Huidobro inventa un lenguaje que desconcierta, ya que el poeta se ubica en el fin del mundo en el que para el hombre resultará una labor harto complicada comunicarse.  Por tanto, en el propio Altazor, cada Canto, estrofa y verso, obedece a una ley nueva de comportamiento: el poeta chileno se va reinventando así mismo, en la medida que concibe su texto.

En Altazor se evidencia una relación etérea del ser humano con el infinito inabarcable que lo rodea. Es un dialogo mudo con el universo, con un espacio que no comprende, que no descifra; opta entonces por un lenguaje críptico, lleno de señales y simbolismos. El lector tendrá entonces el reto de descodificar lo que propone el poeta: un código que muestra al género humano en una lucha constante con el universo; es una lucha que puede ser desconcertante. Huidobro no opta por una poética fácil y simplista: propone que el lector vuelva una y otra vez al entendimiento semántico de la obra. Por tanto, Altazor no está sujeto a una lectura fácil. Lo críptico de la obra conlleva a que el lector esté sujeto a la relectura del material poético.

Huidobro también emprende un vuelo que abarca el origen del mundo, la futilidad de la era cristiana bajo una perspectiva nietzcheana. También, en el fragmento del poema que nos compete analizar aquí, hay referencias a lo apocalíptico y nihilista (tan en boga cuando Huidobro le daba las últimas puntadas a su creación durante el periodismo pesimista de entre guerras). Sin duda, también hay mucho de erotismo, al describir una mujer que figura como objeto de deseo, que no logra saciar y que relaciona con la expansión misma de un universo que se expande inevitablemente hacia el vacío. Llega al punto de cuestionar el desarrollo mismo de ese universo, si la mujer muere; llega a cuestionar que haya milagro, en caso de que faltase la figura de esa mujer.

Ahora centrémonos en la estrofa 27 del Canto 1 de Altazor:  Después de mi muerte un día/ El mundo será pequeño a las gentes/ Plantarán continentes sobre los mares/ Se harán islas en el cielo/ Habrá un gran puente de metal en torno de la tierra/ Como los anillos construidos en Saturno/ Habrá ciudades grandes como un país( Gigantescas ciudades del porvenir/ En donde el hombre-hormiga será una cifra/ Un número que se mueve y sufre y baila/ (Un poco de amor a veces como un arpa que hace olvidar la vida)/Jardines de tomates y repollos/ Los parques públicos plantados de árboles frutales.

Huidobro en esta aparte del poema, expone una preocupación habitual de la época: cuestiona de frente y sin tapujos la idea de progreso que fuera planteada en medio del positivismo del siglo XIX. Según los discípulos de Comte, el progreso, la técnica, las mega-ciudades masificadas e industrializadas, llevarían al género humano a experimentar un era de porvenir sin parangón en  la historia.

En medio del desorden métrico propuesto, Huidobro en un principio se maravilla de lo majestuoso que puede ser un futuro dictado por los adelantos tecnológicos, los puentes majestuosos de otro mundo, comparados con las características físicas de uno de los planetas más grandes e imponentes de la vía láctea: Saturno. En esta etapa, Huidobro se encuentra obnubilado y extasiado, pero súbitamente en cuestión de pocas líneas, ocurre el desconcierto, lo ininteligible que resulta Altazor para muchos lectores: crítica abiertamente a la modernidad y su idea de progreso técnico. Maravillado y extasiado pasa de inmediato a repudiar un mundo controlado por la técnica.

Es inaudito que el progreso pontificado por los positivistas decimonónicos haya facilitado a la consecución de la Primera Guerra Mundial: la técnica al servicio de la barbarie de la guerra, a la contaminación del planeta. El hombre pasa a ser un esclavo, cuando paradójicamente sería liberado por el progreso.

El progreso contaminando los ríos, volviendo pestilente el ambiente. El ser humano degrado a número, masificado, aislado en medio de la masificación, marginado a la masa, irrespetada su esencia y su derecho a ser individuo único e irrepetible. Un mundo bulloso y caótico como el ruido de cigarra de un arpa, en que incluso se le ha olvidad respirar y vivir. Este fragmento tiene un lugar preponderante en el poema: al principio de Altazor ocurre un mito fundacional, un génesis, una suerte de Popol Vuh que da cuenta del origen de la vida. Después hay un despertar doloroso: el hombre se cuestiona por el universo circundante. Entonces Huidobro esboza una caída violenta al vacío. Lo hace gracias a la utilización de un paracaídas que amortigua el viaje del hombre en medio de un descomunal precipicio: es la incompatibilidad entre desear y alcanzar el más allá –el infinito- y la conciencia finita de sentirse muerto. Ya ubicados antes de la estrofa 27 del Canto 1, hay una apología a la técnica que llevaría al género humano a alcanzar estadios oníricos de desarrollo y bienestar. Abundando los aviones, los aeroplanos, como símbolos del poderío de la mente humana. Y luego viene la desolación al final de la estrofa. Luego, el viaje metafísico continuará: el hombre no podrá saciar su deseo (la mujer simboliza esa cuestión) y al final del poema quedará sepultado al no comprender lo ininteligible que puede resultar el universo.

Por otro lado, es posible aseverar que Huidobro es un maestro de la metáfora: ¿Qué mejores imágenes pueden ilustrar la preocupación del poeta por un futuro incierto y controlado por la técnica, que la alusión de un puente descomunal, ciudades enormes como las ideadas por Georges Lucas en la Guerra de las Galaxias, en las que el hombre no reconoce ni su propia respiración, ni a sus semejantes? ¿Ciudades anónimas en las que el hombre no se le llama por su nombre, sino más bien por un simple código?

La metáfora y el simbolismo del hombre-hormiga es sugestiva y dolorosa: es la metáfora de un hombre entregado y absorbido por los campos de producción. Es el hombre al servicio de la producción, el homo-faber del que tanto se habla en la actualidad. Un sujeto que funciona y es valorado como un engranaje más en la cadena productiva. La vida es reducida simple y llanamente a producción. Abundan entonces las figuras lógicas, lenguajes figurativos que exponen su idea de criticar con contundencia el idealismo dañino del progreso. Figuras lógicas, porque Huidobro hace hincapié en esa idea crítica. Lo hace con ahínco.

No abundan los símiles y se hace evidente una paradoja: al principio hay un deslumbramiento por el puente gigantesco para luego ubicar al lector en la desazón total, cuando el hombre-hormiga, se encuentra degradado, cosificado y absorbido por el sistema productivo. Paradójicamente se pasa de la ensoñación al desencanto total. El uso de metáforas es tan recurrente, que entonces el poeta chileno pasa a la construcción de alegorías que van desencantando al lector: con Altazor pasamos de la ensoñación, a lo etéreo, a lo crítico, a lo que desconcertante e insignificante que puede resultar la vida humana en relación con el universo infinito.

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* Juan Manuel Zuluaga Robledo es director de www.revistacronopio.com, periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana. Trabajó en los periódicos El Tiempo y Vivir en El Poblado. Es Magister en Estudios Políticos de la Universidad Pontificia Bolivariana y actualmente candidato a Magister en Literatura Latinoamericana de la Illinois State University.

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