Izquierdistas, progresistas Y vandalismo

April 13, 2012 - 12:16 pm No Comments

Por Darío Acevedo Carmona*

Al Alcalde de Bogotá le están aplicando la misma medicina que él y sus antiguos socios de la izquierda del Polo Democrático le aplicaron a los gobernantes a los que le hicieron oposición: sufrir protestas cuando apenas se empieza a gobernar. Digamos que es parte del juego democrático, pero a Petro se la están propiciando a fondo sus excompañeros de partido como que es cierto el refrán de que no hay cuña que más apriete que la del mismo palo.

Petro se defiende de la misma forma y con las mismas palabras que utilizaban aquellos a quienes él les organizaba sus protestas, descalificando y advirtiendo la presencia de “intereses oscuros”, “mafiosos” y “políticos”, además de “vandálicos”. Ver para creer, un líder antisistema, revolucionario y de izquierdas se lamenta de que la oposición actúe tan desmadrada, sin contemplaciones.

La tiene muy pero muy difícil el alcalde Petro puesto que descalificar de plano la movilización ciudadana por la incursión en ella de unos vándalos, significa irse contra su prédica y su espíritu agitacional, y, guardar silencio o exhibir una actitud de condescendencia con los manifestantes le reportaría una grave pérdida de su prestigio político.

Suele ocurrir en el mundo de las izquierdas que las más dogmáticas, firmes e “inclaudicables” descarguen sobre sus socios más cercanos todo el odio político de que son capaces en razón de la defensa de la causa suprema que hay que defender a muerte, muy especialmente cuando esos socios o amigos de ocasión se salen de su control y se convierten en traidores, renegados y conversos.

Es lo que representa para la dirigencia del Polo (maoísta y comunista) el alcalde Petro y su equipo de gobierno. Así procedía, aunque con mayor fiereza, Stalin contra los socialdemócratas, contra los troskistas, luego contra los viejos leninistas y después contra todos los que no le rendían culto. El pensamiento totalitario no admite la contradicción, el debate, la rebeldía, la fisura, mucho menos la traición. Petro paga el “daño” que él y su nuevo grupo “Progresistas”, (nombre que revela un intencional alejamiento de la izquierda) le hizo al Polo.

Pero una cosa es la pelea política y muy otra es que ella esté acompañada de hechos de violencia. Tenemos que preguntarnos que puede haber más allá de esas luchas encarnizadas entre “familiares”. Hay motivos para que entre la opinión pública surja un razonable temor ante hechos graves de violencia que se está presentando en varios espacios con relativa recurrencia. Las respetables movilizaciones de los sindicatos y los trabajadores en sus marchas del primero de mayo y en otras protestas se han visto afectadas por la acción de encapuchados que destruyen a placer bienes públicos, agreden a policías y realizan hurtos al amparo de una exhibición burda de fuerza. En las manifestaciones estudiantiles no falta la acción disolvente y disociadora de estos encapuchados, que además se atrincheran en los campus de universidades públicas para dar muestra de su poder violento. Y ahora se expresa en las protestas que realizan grupos de usuarios del sistema Transmilenio.

¿Quiénes son estos tipos?, ¿a quién o a quiénes representan?, ¿qué buscan con sus acciones destructivas? Yo no tengo la respuesta y creo que no es fácil hallar una explicación plenamente satisfactoria. Hemos visto en varios sitios del orbe, desde los piqueteros argentinos hasta los habitantes de las afueras de Londres, París, Bruselas y otras ciudades europeas, acciones del mismo tenor. Sabemos que usan las redes pero eso no aclara mayor cosa. Ya hay sociólogos y filósofos que especulan sobre la existencia de tribus urbanas, fenómeno que consistiría en una especie de retorno al pasado tribal con jefes más bien toscos cuyo proyecto ideológico consiste en destruir todo lo que represente el orden, el sistema, la tradición, la legitimidad, pero sin plantear nada alternativo, ni en el plano de reformas o peticiones, menos en el de construir un nuevo poder. También los hay que apelan a teorías causalistas y reduccionistas para explicar la violencia como expresión de un conflicto social y hasta los que enmascaran su indiferentismo ante ella en la injusticia social reinante.

Sea lo que fuere, la sociedad que ha forjado la civilización política en términos modernos, es decir, en términos de libertad y democracia no puede ser ni manifestarse con indiferencia ante la acción vandálica. Estudiarla y entenderla no puede significar la ausencia del rechazo colectivo de quienes sabemos de la fragilidad del orden constituido. En el mundo político e intelectual hay que volver a la crítica sistemática de las armas y de la violencia, sobre todo en situaciones como la colombiana, en la que se ha sufrido un derramamiento inútil de sangre.

Ninguna fuerza o grupo social, ninguna agrupación política decente, de cualquier signo, que esté comprometida con la democracia y con la libertad, puede darse el lujo de esperar la luz de una teoría explicativa para proceder a la defensa de la civilidad. Podemos divergir podemos admitir la existencia de intereses políticos en la protesta ciudadana, es parte del juego de la democracia, pero es inadmisible esa violencia que se enseñorea impávida y burlona, desafiante y cínica ante nuestra mirada atortolada. Defender el orden y la tranquilidad, así como la seguridad de los ciudadanos, no puede seguir viéndose como una consigna de cavernarios o reaccionarios o derechistas o “manonegras”. Es una necesidad vital de la convivencia democrática.

Petro está manejando muy mal a Bogotá, se ha dedicado a repetir discursos de campaña, no gobierna, es arrogante y no despega, pero en la lucha contra el vandalismo no podemos ser mezquinos ni sectarios.

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*Darío Acevedo Carmona es Doctor en Historia Universidad de Huelva, España y Profesor Titular Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín

 

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