Tomás Eloy y Jaime R: Adiós a dos grandes

February 9, 2010 - 12:05 pm No Comments


Por Juan Manuel Zuluaga Robledo

“El escritor tiene un deseo muy poderoso de verse a sí mismo donde nunca pudo verse. Es la contemplación ante el espejo, ante un espejo imaginario, de alguien que quiere vislumbrar cómo hubiera sido su otra vida” Tomás Eloy Martínez

“Se va llenado la noche con rumores de canción y se enreda en tu ventana mi serenata de amor” Jaime R Echavarría

Se nos fueron dos grandes de la cultura y el arte en las últimas semanas. Murieron; sus almas inquietas quedaron borradas de la faz de la tierra. El asunto tuvo que ver con el deterioro normal causado por el paso del tiempo. Ante eso no hay nada que hacer: ni siquiera los genios se escapan de ese destino. El uno argentino, el otro colombiano. Separados geográficamente —y también algo distanciados por cuestiones generacionales—  entre la punta y la cola del territorio sudamericano; ubicados en contextos distintos pero forjadores de un legado que nunca se perderá con los años.

Lo cierto es que eran dos grandes en el arte de entretejer historias. Durante más de cincuenta años escuchamos algunas melodías de amor ejecutadas con sutileza por medio de notas cadenciosas de un piano. Todo ese montaje musical acompañado por una voz nasal y grave que con el pasar de los años a muchas generaciones de antioqueños se nos hizo memorable. Eran boleros en su máxima expresión.

El otro fue el creador de una de las obras más memorables que hayamos hemos tenido el privilegio de contemplar en la literatura y el periodismo, en esa sección espacial, contradictoria y mágica que llamamos América Latina. Un equilibrio perfecto entre periodista y fabulador; un híbrido ponderado entre cronista y narrador de ficción. Una obra vasta y genial que siempre estuvo permeada por las reflexiones sobre el poder desmesurado de supuestos líderes mesiánicos: el caudillismo y la corrupción. Relatos redondos, perfectos en sus esquemas narrativos sobre el tango, la cruenta dictadura militar argentina y sobre las relaciones complicadas entre editores y periodistas.

Vine a tener idea de quién era Jaime R. Echavarrí hace diez años. Recuerdo una tarde a mi abuelo octogenario llegar a mi casa como siempre con sus pintas de dandy, portando su atuendo estilo Gay Talese: vestido, pantalón y corbata impecables, zapatos lustrados y luminosos y en la mano un disco compacto en cuya carátula sobresalía la figura de un anciano bonachón que abrazaba con cariño un piano de cola.

—¿Quién es ese, abuelo?
—¿No sabés quién es pues hombre juancho? –preguntó mi abuelo con su remarcado acento paisa.
—Ni idea…viejito…
—Espérate lo pongo en el equipo y te vas a dar cuenta de la maravilla de tipo…(¿y qué puso en el equipo? Sí, el disco. Pero qué contenía ese disco?)

Cinco años después en un curso de periodismo literario quedé encantado con el talento creativo de Tomás Eloy Martínez. Cierta mañana el profesor del curso leyó en voz alta algunos párrafos de “La pasión según Trelew” y de inmediato quedé seducido por esa maestría para construir con elegancia, frases bien confeccionadas, sin exagerar mucho los adjetivos, sin saturar de ideas insulsas la mente de los lectores. Acto seguido averigüé sobre su obra y a mis manos vinieron a parar textos memorables como “La novela de Perón”, “Santa Evita” y “El vuelo de la reina”.

Cómo no recordar el viajé mental que emprendí a Argentina al leer la primera de estas obras considerada por los críticos como una de las más gratas revoluciones de la novela histórica en la literatura del “post boom latinoamericano”. Por la maestría de Tomás Eloy imaginé con riqueza de detalles la cansada figura de Perón volviendo del exilio al aeropuerto Ezeiza mientras políticos corruptos, personajes radicales del ultraderechismo y también un grupo de montoneros lo esperaban con toda clase de intenciones. Con esa novela y gracias a otra, “Santa Evita”, me imaginé el cuerpo de Eva Perón viajando por el mundo como fetiche político y como instrumento de dominación de las masas enardecidas en la Argentina peronista que no aún no había despertado del sopor profundo del populismo.

En todas las facultades de periodismo una lectura recomendada debería ser “El vuelo de la Reina”. En medio de una trama bien hilvanada Tomás Eloy retrata con solvencia la relación complicada entre un editor y una joven periodista.

Pero retrasemos un poco el tiempo. Volvamos a 1999 y quedémonos de nuevo en la zona tórrida antioqueña. Tengo que confesar que el primer encuentro con la música de Jaime R. no me causó mucha impresión. Lo mismo me pasó con Bob Dylan, pero luego me volví un seguidor empedernido del compositor de “Like a Rolling Stone”.  De Echavarría dije en un principio: “Si este tipo canta…cualquiera puede hacerlo”. Pero fue pasando el tiempo y al lado de mi abuelo comprendí la delicia que era escucharlo cuando interpretaba ese piano sentimental. Lo hacía con sensibilidad desbordada.

Al escuchar sus composiciones comencé a disfrutar con sus historias de amores inmaculados en la época de mis abuelos, la del auge de la industria cuando las empresas textiles mandaban la parada en Medellín. Comprendí uno de los secretos con los que mi abuelo conquistó el amor de a mi abuela: “Serenata de amor” o “Cuando voy por la calle” fueron canciones que muchos muchachos de los años cincuenta utilizaron para ganar el cariño de sus amadas. Eran los tiempos de la visitas de novios en la sala de la casa, con la tutela permanente de los padres, expectantes y vigilantes de todo lo que hacían las parejas, con el cuadro del Corazón de Jesús al lado que también vigilaba sus movimientos.

Después supe que Jaime R. Echavarría había sido uno de los mejores y más honestos políticos que ha tenido nuestra región: gobernador de Antioquia, directivo en las grandes compañías de ese entonces, amigo de presidentes y connotado asesor en asuntos públicos.

Sólo me resta agradecerle a estos dos personajes la construcción de un legado que nunca se borrará con el paso del tiempo. Tomas Eloy y Jaime R. descansen en paz y estén siempre vigentes en nuestros corazones.

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El maestro Jaime R tocando el piano.

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Tomás Eloy Martínez

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