Fuegos invisibles

August 6, 2012 - 6:26 am No Comments

Por Santiago Gómez*

La soledad suele mirar a ese objeto pequeño y burlón. Ése que cuelga en la pared o en la muñeca pero que pesa lo mismo en la oscuridad. El brazo que busca más atención es el pequeño, el que con una alegría infantil, corre y corre sin control en su propio juego, al que nos introduce sin preguntar. Aún así el que más terrorismo ejerce es el grande, con su madurez y control del tiempo, nos demuestra sin ironías ni anestesias que los minutos pasan sin nuestro consentimiento. El tiempo pretende ser libre pero se suele olvidar de las cadenas que inevitablemente lo atan al reloj y a un pulso que corre por las calles entre sombras y luz, o entre vientos y oscuridad. Los claro oscuros del sol: los verdaderos Dueños del tiempo que existen, con o sin la mirada atenta de la soledad humana.

Solidario es el humo que crea una débil sombra y que acompaña a la soledad con un movimiento inanimado, pero que acompaña con la solemnidad de moverse con el mas mínimo respiro, como un saludo militar en el espejo. El humo es el fuego en términos de compañía, pero sin la nociva amenaza de destrucción y, por ende, sin el  infinito lazo de la precaución. El amigo fuego traiciona con el simple hecho de cargar la culpa del incendio, pero también de la llama que calienta y alimenta al mismo tiempo. El humo se desprende de esa faceta volátil. El humo consuela con su nocivo olor tranquilizante, con la negación que escribe en los vientos.

En la soledad los acompañantes siempre existen pero cambian de careta. En este caso la careta la sostiene un teclado y un cenicero que espera para caerse en la madera que sostiene este piso y que medita sobre lo que sería de ella si el traicionero fuego descendiera indiscriminadamente sobre sus fibras, sus nudos y su calor natural. Quizás por envidia, quizás por vanidad. Esa madera, yo lo se, piensa que debajo de ella debería también haber un cenicero por si el fuego la sorprendiera en sus sueños.

¿Pero quién nos curará del fuego invisible? El que no quema desde fuera sino desde adentro. ¿Quién nos sacará de esa fuerza destructiva sin forma y sin peso, pero con el ardor del pasado? La culpa es un fuego, la negación es el extintor siempre cercano. Ése fuego que crece sin humo para no delatarse, se cultiva con una lentitud segura y paciente en la parte de atrás del cerebro que le permite a esta Soledad escribir con una sonrisa (a pesar de que las compañías enmascaradas no lo vean), mecanismo de defensa maquinado convenientemente por la Negación, y que sabe, pero espera igualmente, que el pelo sea lo último en quemarse cuando el incendio interior decida colapsarse sobre sí mismo, hasta que el incendio epidérmico marque el fin.

Escribir no te va  salvar, fumar tampoco. El fuego no se apaga con fuego, se apaga con una explosión. Ingerir dinamita. Pensamiento extrañamente consolador, también mecanizado por la negación dulce y misericordiosa.

El consuelo por el momento es la Brisa que entra al cuarto, entre un desorden ordenado, y refresca el sudor de la frente, entre los dedos de los pies y en la espalda torcida. Esa Brisa también traiciona. Ya no se puede confiar en nada, hasta la tinta de los libros está caliente, esa lava negra que muerde. Esa brisa está cargada de los alientos de las otras Soledades de la ciudad, esa Brisa está cargada de los respiros de las otras Soledades escondidas en los castillos y debajo de los puentes. Esos respiros que no pasan de ser escombros nocivos de fuegos invisibles y seductores. El calor corporal no significa pasión, significa combustión espontánea.

La última Frase se resbaló de la pantalla, el sudor en el teclado hace que las Letras tengan precaución cuando caminan y se organizan para sonreír entre la Frase completa y dar a entender la destrucción que juntas razonan en los ojos de las  Soledades que ignorantemente leen cualquier libro. Las pobres Palabras quieren ser lava entre los lagrimales que los leen pero sus sonrisas no producen tantas lágrimas como esperaban y el sentimiento de solidaridad se mezcla con las risas de las Soledades, para crear más saliva que lágrimas en los ojos. Entonces no se queman los ojos sino las lenguas. Esas palabras que resbalan en el teclado están distraídas tratando de no caerse y pierden su enfoque principal, ya no son balas a los ojos sino  cuchillas a la boca, ya no ennegrecen sino que enmudecen. Es el sudor resbaloso que cae en el teclado, ese sudor ocasionado por el Fuego invisible, es el que acciona esas palabras que han creado una generación muda y que cree ser hábil con las palabras en el papel. Una generación que no entiende lo que es luchar  con los gritos ni aullar en auxilio y que se cree mas valerosa en cuanto mate con telegramas a terceros o manda noticas pidiendo ayuda. Telegramas bien redactados pero sin voz y con un exceso de cobardía.

Sería mejor que las Palabras en sus Frases pudieran haber llegado a ser la lava que querían ser en primer lugar, la lava que quema pupilas en vez de quemar lenguas sonsas que reposan entre saliva y dientes. Sería mejor que no hubieran construido una generación vomitiva y muda que tan solo es capaz de existir en lecturas y escrituras. Esta Soledad añora una generación incapaz de leer y que tenga que gritar en nombre de sus sueños y convicciones, que tenga que coger las manos de los otros ciegos para ofenderlo o ayudarlo. De pronto conseguiríamos por fin ése contacto físico que nos falta afuera de la procreación y quizás no habría mas brisas contaminadas de los respiros solitarios en sus fuegos, sino que correrían por las calles desoladas unas brisas pulcras que le darían de respirar a las congregaciones de personas, que se gritan en habitaciones pequeñas, pero cuyas paredes no ven, habitaciones donde se creen realmente libres,  donde los ciegos no tienen aliento ni espejos. Ciegos a los que les sobra tinta. Esa generación idílica y hermosa que se tiene que lamer mutuamente para saber en el sabor salado que el otro llora. Esa generación perdida que finalmente se libra de esas manitas del reloj que torturan con la espada del tiempo al alma que niega la norma del calor sin el otro y que comulga por la juventud sin tiempo, por el humo sin el fuego y por la soledad sin las camas compartidas y las mesas puestas para cuatro.

Julio 29 2012. Lyon- Francia.

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*Santiago Gómez recién concluyó sus estudios de bachillerato en un colegio bogotano. Nacido en Medellín, es un apasionado de la escritura y un gran lector de la obra de Julio Cortázar.

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