La guerra no es un juego

November 4, 2012 - 6:07 pm No Comments

Por Juan Sierra Hernández*

Jim es un niño que se ve enfrentado a una guerra que lo obliga, de manera inexplicable y terrible, a dejar sus juegos de infancia y sus comodidades diarias. En vez de jugar con aviones de papel, tendrá que observar con admiración e incertidumbre cómo unos pájaros de color cobrizo bombardean la ciudad de Shanghái sin ningún miramiento; Jim, a través de su periplo por las ruinas de una China devastada por los ataques japoneses, se imagina piloteando un Zero o un Hayate, aunque él sabe que los mejores son los cazas Mustang made in U.S.A.,  los cuales son “los Cadillac del combate aéreo”.

En El imperio del sol, James Graham Ballard nos narra con valentía los padecimientos de los que fue víctima junto a su familia en un campo de concentración en la Segunda Guerra Mundial. Todo esto sucedió después del ataque militar a Pearl Harbor, en donde la Marina Imperial japonesa atacó a la Flota del Pacífico de la Armada de los Estados Unidos, asesinando a más de 2.000 hombres. Con estos actos bélicos, Japón pretendía neutralizar las fuerzas enemigas y ocupar las colonias occidentales del sudeste de Asia.

Sin embargo, la novela no debe leerse solo como un documento histórico de lo acaecido después del 7 de diciembre de 1941, pues lo más importante es la forma en que un niño perteneciente a una acomodada familia inglesa tiene que enfrentarse a la soledad, el hambre, la enfermedad y la muerte. Nuestro pequeño protagonista, de un momento a otro, debe dejar su vida en la lujosa Amherst Avenue y sus clases de latín en la Cathedral School para convivir con los culíes (que eran los campesinos que trabajaban en condiciones deplorables para las colonias británicas en China) a los cuales, antes de la lucha armada, veía desde los vidrios oscuros del Studebaker de sus padres.

Las adversas circunstancias mueven a Jim a sobrevivir de cualquier modo, incluso olvidando la exigente educación impartida por su familia. De este modo, aprende a guardar provisiones de comida para que su cuerpo resistiera los tres años de cautiverio; aprende a trabajar para los soldados japoneses, sobre todo en las labores de la cocina en los campos de Lunghua; aprende a congraciarse con los presos norteamericanos, más que todo con el vividor y oportunista Basie, quien encuentra en Jim un aliado para obtener información, arroz cocido y cuidados para su cuerpo enfermizo; aprende a husmear, sin ser visto, en las ruinas de Shanghái, en las improvisadas y solitarias bases militares de Nantao, en el aeródromo de Lunghua y en las casas abandonadas por los europeos en la zona conocida como la Concesión Francesa; y aprende, con mucho esfuerzo, a mantener viva en su memoria la imagen de sus padres, sus rostros, sus palabras, sus gestos y sus silencios.

Mientras este joven inexperto se habitúa a la rutina que le impone esta batalla, los europeos se niegan a perder sus privilegios; por eso se empeñan en continuar con sus viejas costumbres en los denigrantes refugios en donde están secuestrados. De ahí que el doctor Ransome se preocupara a diario por los modales y la instrucción de un chico que se estaba convirtiendo, según la mirada de los ingleses, en un salvaje y un egoísta que pensaba únicamente en su bienestar: “Jim se dejó curar sin protestar. El doctor Ransome era el único lazo importante que había establecido en Lunghua, aunque sabía que el médico lo desaprobaba en muchos aspectos. El chico le irritaba porque revelaba una verdad evidente sobre la guerra: que la gente era demasiado capaz de adaptarse a ella”.

Esta novela autobiográfica de J.G. Ballard es un relato de largo aliento (364 páginas para los que gustan de las precisiones) que da un testimonio incontrastable de la locura que entraña cualquier conflicto: un infante harapiento que coleccionaba revistas como Reader´s Digest, Life, Time y Saturday Evening Post es testigo del fogonazo de Nagasaki que casi destruye el planeta; este ataque infame con la bomba atómica es contemplado por Jim como un resplandor blanco que se expande por el cielo y le da un brillo inusual al rojizo río Yangtsé, sembrado de cadáveres y contaminado por el combustible de los aviones derribados por los superfortalezas americanos.

Por último, El imperio del sol deja algo muy claro: la experiencia de la guerra es imborrable, sobre todo en un adolescente. Acordémonos de Matadero cinco o la cruzada de los niños, la novela autobiográfica de Kurt Vonnegut (un escritor que fue apresado por los alemanes en 1944 y luego fue testigo de primera mano de la destrucción total de la ciudad de Dresde), donde su personaje principal, Billy Pilgrim, sufre toda clase de trastornos y muchas veces, años después de sus funestas vivencias, cree estar bajo la tutela de los nazis. Quizá por eso en un cuento B. (la manera kafkiana que utiliza Graham Ballard para nombrarse a sí mismo) se levanta un día cualquiera de su cama y, después de indagar en las casas vecinas, se da cuenta de que Shepperton está vacía, al igual que Piccadilly, Trafalgar Square, el río Támesis y el palacio de Buckingham. La inminencia de la desaparición de la humanidad, como podemos ver, nunca abandonó la fantasía de este gran escritor inglés.

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* Juan Sierra Hernández es ensayista colombiano. Profesional en estudios literarios de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Realiza la tesis del posgrado en comunicación y gestión cultural de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), Argentina. También está asociado a un grupo de investigación sobre creencias y subjetividades contemporáneas en la Universidad Nacional de Colombia.

 

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