Las falacias revolucionarias

March 7, 2010 - 10:43 pm 2 Comments


Por Juan Manuel Zuluaga Robledo

Cuando George Orwell —famoso por su genial 1984— quiso publicar “Rebelión en la granja” con ayuda del gobierno inglés, de inmediato tuvo problemas de censura por parte de algunas autoridades británicas oficiales que consideraban el texto una alusión metafórica a la Unión Soviética y al partido único que la regía, lo cual podía conllevar a posibles problemas bilaterales con el gobierno moscovita.
En ese contexto, algunas élites intelectuales británicas adulaban a ciertos líderes soviéticos sin rigor intelectual y  sin contar con juicios ponderados de valor, pero sí tenían agallas para criticar y destrozar sin escrúpulos a la clase dirigente inglesa que apenas se reponía de la guerra.

El texto considerado por ciertos críticos como una de las joyas de la literatura inglesa del siglo XX —y estudiado hasta la saciedad en algunos cursos de ciencias políticas— es una crítica abierta a la revolución bolchevique (el libro fue escrito al final de la Segunda Guerra Mundial cuando Stalin y los aliados fueron los vencedores del conflicto bélico).

Más aún, es un ejercicio literario prodigioso que se puede aplicar en el análisis de todo tipo de revolución en cualquier contexto o época. Un libro que desentraña los espejismos que motivan una revolución donde el saldo final es una nueva opresión en cabeza de un líder o partido único. Son actitudes que contradicen todos los principios y postulados de la rebelión que lo llevó al poder. El poder desmesurado corrompe, sea cual sea quien se lo atribuya (monarca, presidente o líder revolucionario).

En esos términos, tanto rebeliones como revoluciones solo supondrían un simple cambio de amo. Por lo tanto, Orwell gracias a un lenguaje sencillo y contundente, estudia el fenómeno en cuestión en diferentes etapas. En principio existe un poder opresor que subyuga, atenta y viola los derechos de una mayoría (los animales de la granja) y se lucra abiertamente de lo que éstos producen. Acto seguido, en medio de la mayoría explotada, surge un líder —un legitimador de opinión pública— que tiene matices mesiánicos y que le vende la idea a sus seguidores de un mejor mañana sin el yugo del opresor.

Para impulsar su proyecto, inevitablemente, ese líder tendrá que crear un enemigo (la especie humana) y decretar su eliminación total en aras de construir una sociedad a futuro, rebosante de prosperidad donde sus seguidores sean la clase dominante y entonces edificar un contexto en el que todos gozarán de bienestar. Es una relación similar a la planteada por Carl Schmitt y su idea de amigo–enemigo.

En medio de la efervescencia y del clamor popular, el líder morirá (puede ser una referencia a Lenin y otros lideres), su figura quedará encumbrada como un símbolo de la floreciente revolución. Con el impulso de nuevos líderes se le recordará a través de canciones, consignas, eventos colectivos, banderas que tienen el objetivo de mantener cohesionada a la mayoría oprimida antes de la rebelión. Se dará el primer choque con la clase dominante y procederá a exilarla y a apoderarse del territorio para reconocerlo y empezar a construir una nueva nación, eliminando todos vestigios del sistema anterior. Este acto heroico se volverá día de fiesta nacional.

Por eso, en los primeros tiempos todo será entusiasmo y se vivirá en un ambiente cargado de romanticismo. Posteriormente, los líderes que protegen el legado del Mesías fallecido se tranzarán en debates y disputas por imponer sus ideas sobre el curso que deberá tomar la revolución.

Algunos son portadores de ideas liberales (como el cerdo Snowball); son partidarios de que una revolución se debe construir por medio de ideas novedosas. Otros (el cerdo Napoleón) aseguran que se deben proteger los principios genuinos e iniciales de la revolución. Ellos motivarán una férrea disciplina en el trabajo que supuestamente aumentará la producción pero la robarán a la vista de todos. Son líderes ortodoxos a los que más adelante se les descubrirán sus verdaderas intenciones maquivélicas y corruptas. También quedarán develadas sus intenciones reales de concretar todo el poder bajo su propio puño (en este caso pezuña).

Exiliarán al otro líder, lo declararán enemigo de la revolución, crearán terror alrededor de su figura y todo el tiempo dirán que el proceso revolucionario está siempre permeado por toda clase de amenazas (incluido el enemigo desterrado). Entonces crearán una patria de masacres, detenciones infrahumanas y arbitrarias (tipo Archipiélago Gulag) y comenzarán a favorecer sus propios intereses y lo del partido único que orientan.

Como todo dictador y tirano, Napoleón se declarará portador de una verdad única: él mismo se declarará un líder providencial y continuará paulatinamente agudizando cada vez mas una revolución caracterizada por el hambre, los trabajos forzados, la contradicción doctrinaria, la corrupción y el miedo habitual de los súbditos.

A la final se olvidarán las primeras gestas libertadoras —el romanticismo inicial— y el líder ortodoxo se confundirá con el anterior amo despojado de su poder y se tornará más implacable y opresor que el orden previo a la revolución.

Con todos los ejemplos históricos y políticos que tenemos, y analizando estas joyas literarias, ¿cómo es posible que en América Latina ciertos personajes se coman el cuento y le apuesten a  este tipo de revoluciones? Cada uno desde sus convicciones esbozará sus propias conclusiones…

2 Responses to “Las falacias revolucionarias”

  1. Juan C. Herrera Says:

    La diferencia entre un puño y una pezuña no es muy grande.

    La gente tiende a centrarse en el lado satírico/alegórico de esta novela y olvida a los personajes más conmovedores (como el caballo Boxer, que me despierta una ternura infinita).

    ¿Cómo es posible que en América Latina haya gente que se coma ese cuento? Boxer es la respuesta: la alegoría más clara de la fe en las revoluciones

    Un abrazo, camarada. Supo darme en la vena del gusto con ese post.

  2. Ricardo Says:

    No has entendido el sentido del libro de Orwell. Es que, además, no lo has contextualizado con la propia historia de Orwell, luchador internacionalista en la guerra de España.

    El mensaje de Orwell no es que no deben apoyarse revoluciones porque siempre terminarán en nuevas opresiones. Ese es el mensaje que le conviene a los que actualmente tienen el poder o a quienes quieren sentirse intelectualmente superiores a las personas que luchan por sus derechos.

    El mensaje de Orwell es que las revoluciones no deben depender de “dirigentes profesionales”.

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