El mito de Lázaro

June 18, 2010 - 9:03 am 2 Comments


Por Yohanna M. Roa*

“El mundo es una mancha sobre el mar del espejo, una espiga del cristal arrugado y silencioso, una aguja basáltica clavándose atorada en los ojos de una niña.” David Huerta (El Incurable)

Lázaro podía ver a través de las espigas arrugadas de aquel cristal que aberraba el rostro de Angélica,  cada vez que se acercaba para desilusionarse ante su rostro que creía deforme, sensación que la hacia caminar con el mentón sumido al pecho y la espalda completamente encorvada; solo un haz de luz entraba por el pequeño espacio que dejaba el cabello sobre su rostro y le permitía brillar a una de sus pupilas.

El sabía de antemano que era posible romper el estado enigmático que lo había llevado a vivir en el mundo de aquella mancha sobre el mar del espejo. Angélica no sabría nunca absolutamente nada, vivía en un tiempo sin espesor, niña por siempre, enclaustrada en el horror de su rostro, sin saber que repetía cada día.

Las concavidades de las espigas que arrugaban el cristal, daban por el punto mas angosto al rostro de la niña, y la amplia apertura  de las puntas cóncavas  multiplicaban y espesaban  el tiempo de aquel hombre  que enterrado en una tumba divina vivía cada día como mil años y mil años como un día.

La única posibilidad era clavar una aguja en los ojos de Angélica. Con la perseverancia y la madurez que casi tres siglos le otorgaban, Lázaro construyó una pequeña aguja  con saliva y arena de su propia tumba; de la misma arena que había sido utilizada para fabricar el espejo.

El problema era que no atinaba, Angélica rehuía la mirada a su propia imagen o se acercaba al espejo después de haberse vestido y atado sus sandalias. Uno tras otro, durante  trescientos sesenta y cuatro mil días había tratado de irrumpir sin lograrlo, en ese otro mundo, el de los muertos.

Ese día ella estaba particularmente reticente, pero el convexo de su pupila reflejaba mejor que nunca la imagen de Lázaro. Él la seguía atentamente con la aguja apretada en la mano  derecha dispuesta a dispararse. Sabía que no podía pensar la decisión, ya en dos ocasiones por hacerlo, había roto dos agujas una en la frente y otra en la nariz de ella. Lo que le daba poco tiempo, pues la niña estaba terminando de peinarse.

En el último segundo, levantó la mirada para comprobar que estaba desenredada y lista… la aguja se hundió siguiendo el haz de luz que entraba por el pequeño espacio que dejaba el cabello sobre su rostro y le permitió clavarse en una de sus pupilas. Como si el prisma del ojo se invirtiera, la luz corrió desde la punta de la aguja hasta la mano, el cuerpo se cubrió de colores y  los pequeños cristales de la arena de la tumba brillaron creando millones de texturas que flotaban en el aire. Lázaro escuchó en su interior una voz que le decía: levántate y anda.

Fueron tres los siglos que pasó con sus días y sus noches mirando a través del espejo; pensaba en ello mientras caminaba vivo de regreso a casa, dispuesto a buscar a su hija Angélica  para retirar el cabello de su rostro, abrazarla y comprobar si se había roto el enigmático influjo que la muerte había tendido sobre los dos.

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* Yohanna M. Roa es artista visual, guionista y escritora de cuentos.

2 Responses to “El mito de Lázaro”

  1. humarsa Says:

    Mi Yohannita: estoy muy emocionado despues de leer tu cuento. Formidable. Te bendigo.

  2. Juan Marin Says:

    !Esta bueno!

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