Naturaleza: paradojas y oportunidades

October 11, 2010 - 2:27 am 5 Comments


Por Germán Andrés Quimbayo Ruiz*

Desde que era pequeño he sentido una intensa atracción por las plantas, animales, los paisajes «sublimes», al campo abierto en búsqueda de ser explorado o contemplado. Eso usualmente lo llamamos naturaleza, aunque otros lo llaman también medio ambiente, biodiversidad o algunos otros más lo llaman «matas», «bichos», «monte» y agua. Al pasar los años esta admiración y atracción por el entorno me llevó a desarrollar mi carrera profesional y académica, en donde ahora comprendo que esa naturaleza en la mayoría de los casos está cargada y llena de nuestros propios significados culturales, y no en pocos casos, también es transformada en prácticas, discursos e ideas económicas y políticas de cualquier pelambre. Por eso es que la naturaleza y el entorno en sí, tienen ese montón de denominaciones.

Como persona inmersa en mi oficio, y que aparentemente podría comprender con mayor facilidad las relaciones entre la naturaleza y la sociedad, no he dejado (por fortuna) de seguir preguntándome ¿realmente qué es naturaleza?, ¿dónde está?, ¿necesitamos de ella?, ¿necesitamos conservarla?, ¿de qué o quién?, ¿para quién? Seamos o no ambientalistas, seguramente en algún momento de nuestras vidas nos hemos hecho este tipo de interrogantes que, por supuesto, varían dependiendo de quién las haga y bajo qué contexto geográfico e histórico, pero que en su esencia, indagan por una búsqueda básica de cómo afrontar la realidad. Y esto es claro en la forma en cómo las sociedades han transformado creativamente el entorno conforme a los ciclos evolutivos y ecológicos o por el contrario, o poniendo en riesgo no solo dichos ciclos sino atentando contra el resto de la sociedad.

Pese a la relevancia actual de los temas ambientales, aún nuestra relación con el entorno sigue siendo literalmente «des–naturalizada» y ha sido estilizada con falsos discursos, rotulando de paso lo qué debe ser «orgánico» o no. Nada más falaz que ello, ya que nuestra obsesiva manera de pensar en odiosas dicotomías de blancos y negros, ha permitido consolidar ese propósito de «desnaturalización», porque como decía alguien por ahí, «somos naturaleza humanizada». Sin quererme extender y volver a decir lo que ya muchos han dicho, la naturaleza puede ser definida como la esencia de algo o alguien; como algo externo a la humanidad o simplemente como una ley universal que puede o no incluir al ser humano. El concepto de «naturaleza» o «natural» dependerá de quien o quienes atribuyan estas nociones, pues unas veces ha representado algo profano, puro e intocado; en otras algo oscuro y peligroso y «salvaje». Hasta ha representado el fundamento de la supervivencia y del ser.

Sin embargo, eso no quiere decir que la materialidad biofísica que nos rodea sea una mera construcción social. Tanto las ciencias ambientales como el conocimiento ancestral de otras culturas distintas a la nuestra nos han mostrado lo contrario. Es evidente que toda la vida en nuestro Planeta se fundamenta en un solo e intrincado proceso socio–ecológico, complejo y discordante, cuyo producto es la manifestación de la vida en múltiples formas. Eso en el discurso científico–político, por ejemplo, le dicen biodiversidad.

Hoy por hoy eso que conocemos como naturaleza no es algo «puro»: es producto entre lo físico y lo imaginativo: un híbrido. No es más que demos un vistazo a lo que nos rodea, nuestra relación con los animales, plantas, el agua y el suelo, incluso en las ciudades. Pensar cómo se disponen, cómo y por quiénes son dispuestos estos elementos en nuestras geografías permitiría comprender con más facilidad nuestros conflictos y problemas.

Precisamente nuestra arrogancia, que generalmente raya en una sofisticada ignorancia, hace que nuestra forma de pensar y establecer relaciones con nuestro entorno y otras formas de vida, resulte en actos mezquinos que atentan incluso contra los más simples principios de la libertad del ser humano. Solo basta con mirar como se pelea (de por sí bochornosa e indignante) por una repartija burocrática por el manejo del relleno sanitario de Doña Juana en Bogotá y el grueso de la opinión pública no se preocupe por la injusticia ambiental que viven los residentes de las localidades de Ciudad Bolívar y Usme, gracias a nuestras inmundicias y a la falta de sentido común y dejar que otros decidan por todos. O bien tampoco cuestionarnos que hoy por hoy el consumir naturaleza, como cualquier mercancía, fuera de librarnos de culpas y promover un «desarrollo sostenible», nos está poniendo a depender del dinero para disfrutar y acceder a cosas tan básicas como el agua o simplemente contemplar con libertad algún paisaje, como sucede con algunas áreas protegidas o parques naturales.

Si, hay conservacionistas y ecologistas infundando terrores a veces injustificados pescando en río revuelto. También es cierto que hay grandes intereses políticos y económicos que buscan mercantilizar la vida y despojar sueños y proyectos de «otros mundos posibles». Pero tampoco podemos quedarnos con los brazos cruzados. El miedo inmoviliza y nubla el horizonte. La solución a los problemas y conflictos no se encuentra en «milagrosas» tecnologías, menos en discursos y buenas intenciones y menos aún en una educación doctrinante y a veces sutilmente permisiva a perpetuar problemas, que es a lo que muchos conciente o inconcientemente apelan.

El asunto es una cosa de sentido común. Antes de entrar a discutir sobre los problemas y políticas ambientales, hay que detenerse un momento y pensar que los conflictos y problemas ambientales, son la expresión de nuestras intensas y contradictorias relaciones sociales y políticas alrededor del ambiente, el cual interactúa con nosotros constantemente condicionando nuestra sociedad y su evolución. Si bien la naturaleza y ese ambiente a los que me refiero representan una constante paradoja e incertidumbre que constantemente solemos negar, no se trata de volver a las cavernas. El mundo que vivimos es una socionaturaleza**, la cual tiene muchas voces y espacios, no estrictamente humanos. Reconociendo en primera medida esa socionaturaleza, nos permitirá darle vida a un proyecto de desarrollo, que nos brinde la oportunidad de vivir en un mundo no solo más sensato y acorde a nuestros deseos, sino también conforme al respeto de eso que no llaman naturaleza, sino otredad.

__________________
* Germán Andrés Quimbayo Ruiz, es ecólogo de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Ha trabajado en varias iniciativas de educación y participación social ambiental en la ciudad de Bogotá. Ha publicado varios escritos en medios virtuales como el portal EquinoXio (http://equinoxio.org) y en su blog personal Más allá del ecologismo (http://gquimbayo.wordpress.com). A su vez ha desarrollado varios trabajos de corte académico sobre temáticas ambientales. Actualmente hace una maestría en geografía en la Universidad de los Andes de Bogotá, en donde a su vez es asistente de docencia en dicho programa.

** Este término no lo acuño yo. Geógrafos como Bruce Braun, Noel Castree o Steve Hinchliffe lo han empleado y han contribuido a su desarrollo.

5 Responses to “Naturaleza: paradojas y oportunidades”

  1. Brigitte Baptiste Says:

    Excelente escrito. Somos naturaleza, no hay mas que decir; hasta los tuétanos cibernéticos…

  2. Álvaro H. Camargo Bonilla Says:

    Buena por ese contenido que importante ver como va discurriendo en ese mar de la intelectualidad ecológica.

  3. Andrea Says:

    ¡Muy buen artículo!

  4. Daniel Castillo Says:

    Pues me gusta su articulo, en especial el último párrafo. Entender el asunto como un problema de otredad y que no compite con los deseos individuales es fundamental.

  5. Las calenturas « Más allá del ecologismo Says:

    […] los ecosistemas, sino de nuestra propia calidad de vida como seres humanos. Hace poco planteaba en otro escrito, que las preocupaciones y los problemas ambientales son asuntos que nos cuestionan como nos […]

Comentar